El concepto Greenwashing es un término en inglés (“Green” significa “verde” y “washing” significa “lavado”), la misma Wikipedia define el concepto de Greenwashing de la siguiente forma: “ecoblanqueamiento, lavado verde o lavado de imagen verde es una forma de pseudoecologismo, una propaganda en la que se realiza marketing verde de manera engañosa para promover la percepción de que los productos, objetivos o políticas de una organización son respetuosos con el medio ambiente con el fin de aumentar sus beneficios”. Es decir, se trata de técnicas y estrategias de marketing verde utilizado por las empresas para vender productos como ecológicos, sostenibles y respetuosos con el medio aunque la realidad no sea esa, pero se aprovechan del prestigio comercial de ‘lo verde’. El término lo acuñó el ambientalista neoyorquino Jay Westervel (1986), cuando observó que las campañas verdes en los hoteles para ahorrar en el uso de toallas (y por lo tanto ahorrar el agua y la energía para su lavado), respondía en realidad a un mero interés por aumentar beneficios, ya que estas empresas no tenían ninguna política de ahorro de energía.

Estas estrategias de ventas abultan los supuestos beneficios para la salud que pueda tener el producto o lo sostenible que puedan resultar para el ecosistema, por lo que constituyen malas prácticas de venta hacia los clientes o consumidores. Que el consumidor entre por el aro es bastante fácil, ya que estos no perciben que están siendo víctimas del marketing verde cuando acuden a los supermercados, sin embargo se decantan por aquellos productos de color verde, con nombres que caen en la ambigüedad e imágenes  medioambientales impresas en los envases cuando en realidad el producto puede ser nocivo. Incluso las cadenas de fast food hacen uso del concepto greenwashing en sus envoltorios, siendo el tipo de marketing verde más usual. 

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Las empresas de productos de consumo diario como yogures o champús han sabido explotar también el greenwashing, aunque desde el año 2004 la Unión Europea tomó cartas en el asunto y prohibió la utilización de las partículas eco o bio para alimentos que no fueran de la agricultura ecológica.

También lo hacen las compañías energéticas, que eligen nombres que inducen a conceptos ‘verdes’ aunque estas trabajen con energías sucias o contaminantes.

Otro caso de ‘lavado verde’ que suelen utilizar las empresas en su escalada por mejorar la curva de la demanda es introducir cambios apenas perceptibles  en sus políticas ambientales, pero así el engaño al consumidor parece menos.

Todos estos trucos aplicados en publicidad han creado que “el ciudadano medio cada vez encuentre más difícil diferenciar entre las empresas que tienen un compromiso real con el medio ambiente y aquellas que utilizan una cortina verde para ocultar conductas oscuras”, explica Greenpeace en el diario El País.

Crear un producto o empaque responsable es un proceso complejo que requiere pensar en los materiales, el ciclo de vida, el consumidor y muchas otras variables. Es por eso que resulta complicado encontrar en el mercado opciones que sean verdaderamente verdes. Al final los productos más ecológicos son aquellos que provienen de comercios pequeños y cercanos donde el marketing verde sigue siendo el ‘boca a boca’ de los clientes. 

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